San Telmo fashion
Perú y Carlos Calvo. Café "sofisticado"; actualmente surgen como hongos en San Telmo. Un joven, entre los veinte y los veinticinco años, con aspecto de vivir en la parte norte -la más adinerada- de la ciudad, escribe en un cuaderno. Espío a través de la vidriera; parece un poema, seguramente sin rima ni metro. En quince o veinte minutos, nuestro poeta habrá concluido su trabajo; luego lo enseñará a sus amistades, y probablemente lo enviará en sus chats y lo agregará a su blog, con la aclaración de que lo escribió en un café de San Telmo; cosa que, a su entender, le agrega valor a esa creación.
Hay un auge del turismo en el país, activado por el peso devaluado que atrae a muchos extranjeros, pero también vienen "turistas" de otros barrios de la ciudad, con cámaras fotográficas y todo. Hace unos meses, agobiado por el intenso calor, me había detenido a recuperar el resuello en la esquina de San Juan y Defensa cuando dos chicas me pidieron permiso para fotografiarme. Accedí, me tomaron varias fotos y luego les pregunté de dónde procedían. Para mi sorpresa, me contestaron que del barrio de Palermo. Supongo que luego habrán mostrado mi imagen a sus amistades, explicando que habían conocido a un auténtico espécimen de San Telmo.
También, como queda dicho, hay una masiva llegada de turistas del extranjero. No sé cuál es la razón por la que los arrean al barrio; no hay mucho para ver. Quedan muy pocas construcciones de la época colonial; abundan, en cambio, las casas construidas por albañiles italianos entre 1870 y 1910, más o menos. Para alguien del viejo mundo, no parece que justifique un viaje a otro continente.
De todos modos, los negocios funcionan. Continuamente se abren nuevos hosteles, galerías de arte, tiendas de ropa femenina cara, cuero, sucursales de Havanna, Freddo, cervecerías, locales bailables, restaurantes con comidas exóticas, vinerías, queserías, anticuarios… todo un emporio comercial destinado al transeúnte que viene, toma fotos y se va. Una ausencia notable, en todo este comercio floreciente, son las librerías. A San Telmo se va en busca de diversión, a comer y beber, a comprar carteras de cuero fino; no a comprar libros. Como mucho, se va a componer un poema o una prosa en quince minutos, como nuestro poeta del principio. Para ser ecuánimes, debemos reconocer que el habitante del barrio tampoco es un gran lector.
Algo que me llama la atención es que en San Telmo hay un cierto número de residentes originarios del primer mundo. A diferencia de los que vienen por unos días y luego prosiguen su viaje o retornan a su país de origen, éstos se quedan, al menos por un tiempo bastante prolongado. Tal vez se trate de intelectuales; por ejemplo, escritores que necesitan dedicarse exclusivamente un año a escribir una novela o lo que sea, o estudiantes que preparan una tesis, y encuentran que la vida en Buenos Aires es mucho más barata que en su país.
En cambio, muchos de los que antes vivían en el barrio, se tienen que ir, sea por el encarecimiento de los alquileres o por la fuerza pública; es el caso de las casas tomadas, que una tras otra son desalojadas por orden judicial.
